Abres por primera vez los ojos sin ser todavía consciente de la suerte que has tenido de que tu madre resistiese la propaganda abortista y te trajera a este multicultural valle de lágrimas.
Y es que, entre una mayoría aplastante -y agobiante- de moritos, negritos y amerinditos, has nacido, españolito, en un hospital español.
Aún no lo sabes, españolito, pero eres uno de los últimos de tu estirpe. Blanco y europeo, tienes todas las papeletas para ser considerado un ciudadano de segunda por los sanedrines - omnipresentes, cursis, malvados, farisaicos...- de la ortodoxia progresista.
Te espera, españolito, toda una batería de lavados de cerebro y de técnicas de control disfrazadas de programas docentes. Hay un ejército de profesores -y profesoras, y profesoras...- que te harán sentirte culpable por ser blanco, por ser europeo, por ser español.

